JUAN GONZALO ROSE

Curioseando en el blog de Rocío Silva Santisteban me encontré con Juan Gonzalo Rose, uno de nuestros grandes poetas, y los fragmentos de dos poemas que leí hace mucho tiempo: "Exacta dimensión" y "Gastronomía". Gracias a estos y otros poemas suyos, descubrí que la ternura de un hombre no sólo se expresa besando a otro hombre en la televisión.


















EXACTA DIMENSIÓN

Me gustas porque tienes el color de los patios
De las casas tranquilas…

Y más precisamente:
Me gustas porque tienes el color de los patios
De las casas tranquilas
Cuando llega el verano…

Y más precisamente:
Me gustas porque tienes el color de los patios
De las casas tranquilas en las tardes de enero
Cuando llega el verano…

Y más precisamente:
Me gustas porque te amo.

GASTRONOMÍA

Para comerse un hombre en el Perú
hay que sacarle antes las espinas,
las vísceras heridas,
los residuos de llanto y de tabaco.
Purificarlo a fuego lento.
Cortarlo en pedacitos
y servirlo a la mesa con los ojos cerrados,
mientras se va pensando
que nuestro buen gobierno nos protege.

Luego:
afirmar que los poetas exageran.

Y como buen final:
tomarse un trago.

LOS MALOS POEMAS

No los destruyas.
No los eches
al pozo de los cielos.

Tal vez ellos retornen
después que la belleza
se haya ido.

Cuando la soledad
camine libremente
de la cama hasta el patio
y mi casa parezca
-al ojo del infante-
algún enorme erizo.

Entonces,
quizás entre sus líneas
descubras un instante
inadvertido;
la palabra extraviada
en domingos zoológicos;
algo más verdadero que lo hermoso.

Nadie sabe.
Consérvalos.

Cambia tu piel. También
la piel del mundo.
Pero el poema queda
guardando su misterio.

Tal vez no hay en tu cuerpo
-todavía-
esa única lámpara
con la que puedes verlo.

TOCATA Y FUGA

Te busco, Muerte. Te busco
y no te encuentro.

Entre la nada te busco
y te busco
entre la gente.

Y no te encuentro.

Pero cuando tú
me busques...
todo será diferente.

MARISEL

Yo recuerdo que tú eras
como la primavera trizada de las rosas,
o como las palabras que los niños musitan
sonriendo en sus sueños

Yo recuerdo que tú eras
como el agua que beben silenciosos los ciegos
o como la saliva de las aves
cuando el amor las tumba de gozo en los aleros

En la última arena de la tarde tendías
agobiado de gracia tu cuerpo de gacela
y la noche arribaba a tu pecho desnudo
como aborda la luna los navíos de vela.

Y ahora, Marisel, la vida pasa
sin que ningún instante nos traiga la alegría...
ha debido morirse con nosotros el tiempo,
o has debido quererme como yo te quería.